El domingo tuve la oportunidad de ¿visitar? (no sé si es el verbo adecuado) la exposición “Carne y arena” de Alejandro González Iñarritu en las instalaciones de EITB en Bilbao.
La exposición sumerge al espectador en una experiencia de realidad virtual construida a partir de testimonios reales de personas migrantes de Centroamérica que cruzaron a Estados Unidos.
Una experiencia inmersiva que te lleva a la asfixia, a un nudo en el estómago resultado del dolor y la rabia que no es digestible, solo vomitable en forma de llanto incontrolable.
El azar ha hecho coincidir esta experiencia con el debate sobre el proceso de regularización de personas migrantes en España. No atino a pensar qué puede hacer que alguien pueda justificar la irregularidad, la negación de derechos a oras personas, un permiso de trabajo y de residencia, nada más ni nada menos.
No es un privilegio, no es un premio, es el derecho a vivir y trabajar sin miedo, con derechos y con obligaciones. Y no es que los necesitemos, no es que vayan a trabajar en lo que no queremos.
Es humanidad y justicia. Si no la sentimos con nuestros semejantes, ¿con quién?

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