El reduccionismo se ha asentado en el discurso de algunos políticos los últimos tiempos. Lo que algunos llamaron “cuñadismo” ha devenido en una frivolidad tan irresponsable como peligrosa: el trumpismo
Las ideas de Trump parecían sacadas de una mala chistera hasta que empezamos a verlas materializadas.
Farage, un tipo al que se miraba con desdén desde el establishment político, convenció con sus posteriormente confesadas mentiras a miles de británicos para votar a favor del Brexit.
Francia tuvo que movilizarse en torno a una formación política exprés para evitar el triunfo de la extrema derecha en las presidenciales de 2017.
Italia está gobernada por una alianza política que ha situado a Salvini en la Vicepresidencia con su discurso abiertamente xenófobo y que bien podríamos asimilar a un programa de Sacha Baron Cohen.
Todos tienen en común mensajes simples, de sujeto, verbo y predicado, reduccionistas, carentes de todo análisis o proyección, pero ahí están ellos y las consecuencias de sus obras.
La base del trumpismo es una visión frívola de la política y la gestión pública que reniega de los discursos sesudos y mensajes complejos de la política tradicional que ha escogido el rechazo al diferente, la xenofobia y la anti inmigración como ariete.
Nuestro país no iba a ser una excepción y el trumpismo se hizo carne en la figura de Pablo Casado.
La política de inmigración requiere precisamente un debate en las antípodas del simplismo por su naturaleza compleja.
En primer lugar estamos hablando literalmente de la vida de millones de personas. Estamos hablando de redes de tráfico de seres humanos. Estamos hablando de personas que hacen tránsitos de años desde su lugar de origen huyendo de la guerra, de la violencia, del hambre y la pobreza.
En segundo lugar, no hay millones de personas agazapadas para saltar las vallas de Ceuta y Melilla. En lo que llevamos de 2018 han llegado en torno a 21.000 personas, nada que ver con llegadas masivas.
En tercer lugar, los últimos años no se ha hecho nada por mejorar el sistema de acogida. Las políticas de migración y acogida en España y en Europa no dan respuesta a una situación que hay que gestionar y es su mala gestión lo que convierte en problema un fenómeno natural como es la migración.
Cuarto lugar, ¿por qué quienes se empecinan en hablar de ese supuesto “efecto llamada” no se han ocupado lo más mínimo del efecto huida?
Es necesario abordar los desplazamientos de las personas como una cuestión poliédrica y desde luego desde la responsabilidad, nada que ver con la corrección o incorrección política.
El derecho a emigrar de las personas y a hacerlo de manera segura no es incompatible con la seguridad de las fronteras de los países.
El derecho de los pueblos a vivir en paz, a una vida libre de miedo y hambre, el derecho a un futuro, algo inalcanzable para millones de personas en África subsahariana.
La necesidad de nuevos ciudadanos y ciudadanas, no mano de obra, en nuestras sociedades envejecidas.
Si hay un fenómeno en que ganan todas las partes, éste precisamente es la migración.
Reducir una cuestión tan compleja como la migración a abrazar a las fuerzas de seguridad y a convertir África en un mercado de temporeros retrata perfectamente el perfil de quien aspira a gobernar un día España: trumpismo puro y duro. Simpleza e irresponsabilidad a partes iguales.
Afortunadamente, la sociedad española ha demostrado sobradamente que es solidaria y humanitaria, muy lejos de discursos xenófobos. Pero no menospreciemos mensajes que deben ser refutados con datos y sobre todo con actuaciones políticas que demuestren que este país puede gestionar las llegadas a la frontera sur y hacerlo de manera respetuosa con los derechos humanos y normalidad.
@CarlotaMerchn
