• El artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de cuya proclamación se cumple hoy 65 años afirma que «Toda persona tiene derecho a un nivel de vida que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial a alimentación,  el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios, tiene así mismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.»

     Ignoro si cuando Eleanor Roosevelt vio su sueño plasmado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948 podía imaginar los inmensos avances que daría la Humanidad al amparo de los Derechos Humanos. O quizás sí. Pero me aventuro a pensar que sí podía pensar que la Declaración era el inicio del reconocimiento efectivo de esos derechos y de que su defensa y protección no tenía fin.

     El derecho a la salud universal, a la educación, a una alimentación adecuada, al agua… no están al alcance de todas las personas. Y no me refiero a países en desarrollo, sino a éste.

     Los derechos económicos, sociales y culturales son los que marcan la diferencia entre una vida digna de una que no lo es. Son los que fundamentan la igualdad de oportunidades entre clases, sobre los que asienta el ejercicio de las libertades. Y por consiguiente, si estas últimas están plenamente reconocidas en nuestra Constitución,  resulta difícil entender que los derechos a la salud, la educación o la protección social no lo estén.

    Si la Declaración Universal de los Derechos Humanos no hace distinción entre derechos, sino que destaca su indivisibilidad e interdependencia, ¿por qué lo hace la Constitución?

     Decía Rosseau que «entre el débil y el fuerte, es la libertad la que oprime y la ley la que libera». Este pensamiento del siglo XVIII resulta válido en el siglo XXI, pues son las interpretaciones de redacciones vagas las que permiten, mediante auténticos encajes de bolillos, restringir el acceso a la atención sanitaria universal o que miles de personas desempleadas en España sobrevivan gracias a la caridad.

     Los derechos se conquistan y la actualidad nos confirma que se puede dar marcha atrás en esas conquistas si caemos en el error de considerar que son irreversibles per se, sin estar apropiadamente protegidos por Ley y el compromiso real de los Estados.

     Eleanor lo sabía.

    @CarlotaMerchn

  • No pensaba escribir sobre la muerte de Nelson Mandela pues ya se han escrito miles de epitafios. Sin embargo, me he animado a hacerlo al sorprenderme a mí misma la desazón que me ha generado la desaparición de Madiba.

    Recordaba anoche las manifestaciones en Soweto a finales de los 80 que veía en la televisión y cómo se removía mi conciencia, el modo en el que anhelaba formar parte de esa lucha contra lo que me parecía la mayor de las injusticias.

    Mandela y su lucha alimentaron mi vocación y, seguramente, mi vida habría sido diferente sin su ejemplo.

    Para quienes nacimos en los 70, en los albores de la democracia española, fueron la lucha contra el apartheid, las luchas indígenas en la Amazonia, las movilizaciones por el 0,7 las que despertaron nuestra conciencia social.

    Decía que la muerte de Nelson Mandela me ha entristecido enormemente porque pienso en quién se mirarán los jóvenes, en quién se inspirarán para orientar sus vidas.

    El mundo se está quedando sin los grandes referentes sociales y políticos y esto, sin duda, redunda en la gobernanza global, en las relaciones entre países, en definitiva, en la calidad de la política y la moral.

    @CarlotaMerchn

  • Recién aterrizada de Guatemala no dejo de pensar que el mayor reto que tenemos es la lucha contra la desigualdad.  

    Millones de personas han salido de la pobreza extrema los últimos años, sin embargo, aún dista mucho para que esas personas alcancen un nivel de vida ligeramente similar al de los grupos más favorecidos.  

    Ciertamente la crisis y en igual o mayor medida la medidas adoptadas para, supuestamente, combatirla han hecho de España el país más desigual de la Unión Europea.

    Sin embargo, la diferencia entre nuestra situación y la de países como Guatemala es que en nuestro caso tenemos las herramientas para reducir desigualdad, solo se trata de ponerlas en marcha.  

    En el caso de Guatemala me temo que la cosa es bastante más compleja. El país registra niveles de pobreza y desnutrición muy elevados. La desnutrición crónica infantil afecta en promedio al 50% de los menores de 5 años. Está claro que sólo mediante políticas públicas se pueden adoptar medidas que reduzcan esta cifra a 0 y lo hagan de manera sostenible. Pero, ¿cómo se financian esas política públicas?

    La cooperación internacional puede ayudar, pero la movilización de recursos naciones es imprescindible  y eso implica ineludiblemente una política fiscal justa, una política fiscal progresiva, contributiva y redistributiva.

    Del mismo modo, se podrían considerar políticas predistributivas, esto es, mejorar el poder adquisitivo de la clase trabajadora incrementando los salarios y definiendo un equilibrio entre los impuestos indirectos y los directos.

    Esto también es aplicable a nuestro país. Las bajadas salariales que se están imponiendo en muchos sectores, como hemos visto recientemente en los trabajadores y trabajadoras de limpieza y parques y jardines de Madrid, o en la lavandería central de Madrid, que situarían a cientos de trabajadores con salarios inferiores a los 800€, están contribuyendo a crear una sociedad más desigual. Una sociedad en la que la brecha entre quienes más y quienes menos tienen crece traduciéndose en un retroceso en la igualdad de oportunidades.

    La desigualdad es el reto qe afrontan muchos países de renta media, la mayoría en América Latina. Pero también lo es de España.

    Sólo las sociedades igualitarias disfrutan de un desarrollo sostenido y sostenible. Sólo las sociedades igualitarias garantizan el pleno ejercicio de derechos. Porque son las políticas públicas fundamentadas en la realización de derechos las que crean sociedades igualitarias.

    @CarlotaMerchn

  • El lugar y la familia en que nacemos es la circunstancia que mayor influencia tiene en la vida de una persona y es fruto del azar. Y bendita la gracia que tiene para muchos. Nadie elige nacer pobre. Nadie elige nacer en un país en conflicto.

    Sin embargo, tenemos el derecho de ser dueñas y dueños de nuestro futuro. Todas las personas tenemos derecho a buscar mejores condiciones de vida para nostras y para los nuestros.

    Con el alma aún dolorida por la tragedia de Lampedusa, hace un par de días nos estremecía la noticia de la muerte de 87 personas en su ruta hacia Argelia, muertas de sed. Supongo que su destino final era Europa.

    Personas que pusieron en riesgo lo único que tienen, su vida huyendo de la pobreza, de la violencia, del hambre, de la falta de acceso a la salud, a la educación, a las mínimas condiciones que un ser humano precisa para una vida digna.

    ¿Se puede combatir esto? ¿Con qué derecho? Las muertes que nos duelen sean en el desierto de Níger sean en el Mediterráneo se pueden evitar con desarrollo, con oportunidades de futuro en paz en los países de origen, con buenos gobiernos, con empleo decente, con salud, alimentación adecuada, educación. La cooperación internacional para el desarrollo puede contribuir a reducir las migraciones forzadas, a que la emigración sea una opción, pero no la única.

    Como me dijo una vez un hombre que había intentado entrar en España en dos ocasiones fallidas, «mil veces que me echen, mil veces que intentaré volver. No tengo nada que perder». Y contra eso poco o nada pueden hacer los controles de fronteras o las medidas policiales.

    Nada hay que frene el anhelo de una vida mejor, ni siquiera el miedo a perderla en el camino. Mientras eso no lo tengan claro los países de destino seguiremos asistiendo a tragedias como la reciente de Lampedusa o la del desierto de Níger. Solo dando respuesta a las causas que obligan a las personas a dejar su hogar se controlará las mafias y las muertes.

    @CarlotaMerchn

  • Leo sobrecogida que un grupo padres y madres de un  colegio en Andalucía han presentado una petición a la Junta para que rechace la inclusión de un niño de seis años transexual porque consideran que no se han tenido en cuenta las posibles consecuencias que puede tener » en el normal desarrollo social y psicológico del resto de alumnos y alumnas del centro».

    ¿Qué temen esos padres y madres? Señores y señoras, la identidad sexual no es una enfermedad transmisible, por lo que no puede ser enfrentada como tal.

    Me espeluzna que alguien pueda manifestarse en contra de los derechos, sean individuales o colectivos. No concibo razón alguna para defender que las personas no puedan disfrutar de derechos. Sólo la discriminación justifica estas actitudes.

     Creo que nos debemos congratular de que hayamos construido una sociedad en la que cada persona pueda vivir y desarrollarse conforme a cómo es y cómo se siente. Y esto no hace sino enriquecernos y fortalecerse como sociedad.

     Que una niña o un niño de seis años pueda crecer conforme a su identidad sexual no hace sino reforzar la libertad de todos y todas.

    @CarlotaMerchn

  • Recuerdo cómo el 17 de octubre de hace unos cuantos años miles de personas salimos a la calle convencidos del lema que se gritaba entonces en todo el mundo «Somos la primera generación que puede terminar con la pobreza». De verdad lo creíamos.

    En octubre de 2013 el panorama es bien diferente. En clave exterior, los Objetivos de Desarrollo del Milenio están lejos de alcanzarse. Aunque es cierto que los datos de pobreza extrema han mejorado, hay muchos países, fundamentalmente en África Subsahariana, que apenas han registrado cambios en su situación de pobreza en sus diferentes dimensiones.

    En clave interna, según el último informe de Cáritas española, más de 3.000.000 de personas viven en nuestro país en situación de pobreza severa. Personas que deben sobrevivir con menos de 307 € al mes, lo que a todas luces es simplemente imposible.

    El adelgazamiento de las políticas sociales, el deterioro de las condiciones laborales y retroceso en los derechos de los trabajadores, los recortes en becas y ayudas al estudio, re-copagos farmacéuticos, retirada de prestaciones y derechos están condenando a miles de familias a la exclusión presente y futura.

    España es el país europeo con mayor índice de desigualdad, lo que supone un serio retroceso en los avances registrados las últimas décadas en cuanto a igualdad de oportunidades.

    Y no es una cuestión económica sino ideológica, una cuestión de prioridades: si se da prioridad a satisfacer el hambre insaciable de los mercados y la banca o a las personas. Y la elección ha sido clara, las personas en último lugar. Las personas de aquí y de allá.

    Es precisamente en momentos de crisis cuando se deben reforzar las políticas sociales para exponer a la pobreza a los más vulnerables. Cuán protegida está su ciudadanía de la pobreza y la exclusión a través de las políticas públicas es lo que marca la diferencia entre Estados.

    Los Gobiernos tienen la obligación de respetar, proteger y garantizar los derechos de quienes gobiernan y no al contrario. Y la salud, la educación, el trabajo decente o la vivienda son derechos humanos.

    Efectivamente somos la primera generación que puede terminar con la pobreza y por ello, los ciudadanos y ciudadanas tenemos la obligación de recordar a nuestros que no están cumpliendo con su responsabilidad.

    Debemos rebelarnos contra la pobreza y las políticas que la generan. Sigo creyendo que podemos terminar con la pobreza, es una cuestión de saber qué y quiénes importan y ponerse a ello.

    @CarlotaMerchn