
Dijo Jean-Baptiste Henri Lacordaire que, “entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el siervo, es la libertad la que oprime y la ley la que libera”.
Estos días estamos asistiendo a un ejercicio práctico de esta cita, una muestra de poder y de fuerza por parte de Estados Unidos que en palabras de su presidente dice no necesitar leyes internacionales.
Desde el más profundo respeto a Venezuela y la situación del pueblo venezolano, poco a poco va creciendo la conciencia de que el árbol venezolano no debe ocultar el bosque que en realidad está ardiendo, el multilateralismo.
El multilateralismo lleva siendo objeto de la ultraderecha y los afines al fascismo [comparto con Siri Husvedt que hay que llamar a las cosas por su nombre] mucho tiempo en Estados Unidos y también en Europa. El desprecio hacia el sistema internacional, los acuerdos globales presentados como derroche, como algo al servicio de las élites y alejado de las preocupaciones y necesidades de la gente buena, su buena gente no es nuevo.
Tampoco es nuevo que las críticas más férreas provengan de quienes más y mayor resistencia han mostrado a reformar el sistema multilateral para asemejarlo a la realidad global del siglo XXI, más democrático, más representativo y transparente.
El Pacto del Futuro aprobado por la Asamblea de las Naciones Unidas el 22 de septiembre de 2024 recoge la renovación del inquebrantable compromiso de actuar con arreglo al derecho internacional, incluida la Carta de las Naciones Unidas y sus propósitos y principios de sus Estados miembros, así como la promesa del inicio de una nueva era para el multilateralismo.[1]
El quebrantamiento del orden internacional no ha comenzado con la intervención de Estados Unidos en Venezuela, el historial es largo, pero nunca con el descaro con el que lo está haciendo la administración Trump, la sinceridad más absoluta respecto a lo que piensa del derecho internacional y, por qué no decirlo, del derecho en general.
Estados Unidos acaba de anunciar que se retira de 66 organizaciones internacionales, entre ellas 31 de Naciones Unidas la mayoría relacionadas con el cambio climático y los derechos de las mujeres, por ser contrarias a los intereses nacionales.
No es nuevo. Una de las primeras decisiones de Trump fue la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Consejo de Derechos Humanos y han ido adelgazando las contribuciones a fondos y programas de los que ahora sale formalmente como son el UNFPA o UN Habitat. Tampoco olvidemos la ausencia de Estados Unidos de conferencias como la última COP en Brasil o la Conferencia de financiación para el desarrollo celebrada en Sevilla.
Sabemos lo que piensa el gobierno de Estados Unidos, pero no está tan claro o que la comunidad internacional está dispuesta a hacer para defender la legalidad, el sistema multilateral y la Carta de la Naciones Unidas. Porque, lo va a hacer, ¿no?
El 31 de diciembre finaliza el mandato de António Guterres al frente de la Secretaría General de las Naciones Unidas y la elección de la persona que le sustituirá en un año cobra aún mayor relevancia.
Este año tocará escribir y conversar mucho sobre esto. Desde ya, espero que a Guterres le sustituya una mujer.
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