La paz es más que la ausencia de violencia, es justicia y prosperidad.
El acuerdo de paz rubricado en Egipto es sin duda una grandísima noticia. Es inevitable no derramar lágrimas de emoción al ver la entrada de ayuda humanitaria que palie la hambruna que sufre la población gazatí tras meses asistiendo a un bloqueo criminal. Y emociona el reencuentro de las familias israelíes con sus familiares retenidos por Hamas.
Como cuesta no conmoverse ante las imágenes de familias palestinas, o lo que queda de ellas, al regresar a donde no hace tanto tenían su hogar.
Encontrar, desenterrar a los muertos bajo los escombros.
Volver a empezar sin saber cómo.
Ayer fue un gran día, muy importante, pero la paz es un camino largo y duro. Recuperar unas vidas que nunca fueron vidas normales es parte del proceso, pero no puede ser el fin. Gaza ya era una anormalidad antes de aquel fatídico 7 de octubre y lo que ha venido después.
El acuerdo de paz debe ser el principio del fin, el punto de partida necesario para alcanzar la paz, la justicia y la esperanza en dos Estados independientes conviviendo en igualdad.

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