La noche del 9 de noviembre de 1989 el mundo asistía emocionado a las imágenes del derribo de uno de los mayores símbolos del siglo XX. El muro de Berlín, “Der Mauer”, caía y con él se ponía fin a una época.

O al menos eso creíamos.

Ciertamente la caída del muro supuso el triunfo del sistema capitalista sobre la alternativa comunista liderada por la entonces Unión Soviética. Pero también ejemplificaba la victoria de la libertad, de la apertura, de la reunificación.

La emoción del momento nos hizo creer a muchos que el mundo dividido por muros y vallas caía también con el Schandmauer o muro de la vergüenza (todos los muros, todas las vallas lo son).

¡Cuán errados estábamos!

En 1989 en el mundo había 15 muros o vallas entre países. Hoy son más de 70.

El Muro de Berlín no fue el primero. A lo largo de los siglos todas las civilizaciones han construido muros y murallas sin embargo, los que se han construido o se están construyendo en este milenio sobrepasan los construidos por civilizaciones antiguas.

Levantamos muros para demarcar nuestra propiedad, para blindar nuestra privacidad, nuestro espacio, ése al que solo permitimos entrar a nuestros elegidos, al club selecto de personas privilegiadas con las que las queremos compartir lo nuestro.

Pero este celo de lo propio no aplica a lo colectivo y menos en un mundo globalizado en el que comemos, vestimos, consumimos bienes y servicios generados o gestionados lejos de nuestro espacio.

El cinismo es el nuevo negro y no consigo calificar de otro modo que como un ejercicio de cinismo esta globalización selectiva que pretende hacernos ciudadanos y ciudadanas del mundo salvo para algunas cosas, casualmente las que más condicionan nuestras vidas, los derechos.

El discurso binario, el pensamiento del miedo, el instinto a generalizar y a separar, la querencia por la perspectiva única, por simplificar en “ellos y nosotros”, por categorizar la excepción pretenden simplificar nuestra no simple realidad alimentando la ideología ultra que pensamos haber dejado atrás y que crece en nuestro entorno.

Los muros físicos se cimientan en muros mentales alimentados con prejuicios, mentiras y, fundamentalmente, odio y miedo. No se ven pero, como dijo Willy Brandt “las barreras mentales perviven por más tiempo que las de hormigón”. Sin las primeras no existirían las segundas.

Cada mensaje de odio, cada actitud xenófoba, el discurso de la exclusión, la política de la desigualdad son nuevos ladrillos en los muros.

En 1979, diez años antes de la caída del muro, Pink Floyd publicaba su histórico disco The Wall, customizando la canción homónima creo que cada uno de nosotros y nosotras debemos elegir si queremos ser otro ladrillo del muro o si queremos derribar los muros físicos y mentales.

@CarlotaMerchn

 

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