Tenía cinco años cuando triunfó la revolución sandinista por lo que mis recuerdos provienen de la lectura y de la revolución ya avanzada.

Recuerdo asistir a charlas de brigadistas, de representantes del Gobierno sandinista. Recuerdo leer a Ernesto Cardenal, a Gioconda Belli, a Sergio Ramírez al tiempo que tarareaba las canciones de Carlos Mejía Godoy. Recuerdo aquel sueño que hoy ha devenido en pesadilla.

Hubo una época en la que la revolución sandinista recabó la simpatía y el apoyo de las gentes de la izquierda mundial; hoy, la represión y la violencia que el Gobierno de Ortega está ejerciendo contra el pueblo nicaragüense recaba el rechazo de aquellas mismas gentes.

Desde que jóvenes estudiantes y ecologistas recorrieran las calles de Nicaragua protestando por la gestión gubernamental del incendio en la reserva Indio Maíz y las posteriores manifestaciones de rechazo a la reforma del sistema de seguridad social Nicaragua está viviendo una escalada de violencia y represión como no se conocía en el país desde los tiempos del dictador Somoza.

Los últimos meses, pasado el momento más mediático, se han convertido en una secuencia de maniobras más sutiles de aplacamiento de los grupos discrepantes con las políticas del gobierno de Ortega. El informe publicado el mes de agosto por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos describe sin ambages las diferentes etapas llevadas a cabo por el Gobierno de Daniel Ortega con un único propósito: acallar todo conato de discrepancia. Para alcanzar su objetivo Ortega no ha tenido el menor reparo en vulnerar derechos humanos como el derecho a la libertad de expresión, derecho de reunión o el derecho a la salud, negando la asistencia sanitaria a las personas heridas en los disturbios.

Organizaciones humanitarias cifran en 674 las personas detenidas. El Gobierno reconoce 273.

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos la violencia se ha cobrado la vida de más de 300 personas.

A estas terribles cifras hay que añadir las de quienes han abandonado el país por miedo a lo que les pueda pasar a ellas y sus familias.

El último episodio represivo ha sido la retirada de la personalidad jurídica a Organizaciones No Gubernamentales (ONG), entre ellas el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos y el Instituto de liderazgo Las Segovias. En esta última fase además de las Organizaciones No Gubernamentales se ha aumentado la intensidad de las acciones contra periodistas y medios de comunicación críticos con el gobierno sandinista.

Los ataques reiterados a las ONG confirman lo que muchas venimos denunciando, que la sociedad civil organizada es una amenaza para quienes rechazan los principios básicos de las democracia como son la libertad y la participación de la ciudadanía.

No es posible una democracia real sin una sociedad civil activa, crítica y respetada. Y en Nicaragua hoy resultan incómodas las asociaciones estudiantiles, políticas, feministas, académicas, profesionales, campesinas, empresariales…

La pluralidad y la discrepancia están en el corazón de la democracia y atacarlas es arremeter contra la democracia y la libertad por la que tanto luchó el pueblo nicaragüense.

Ortega debería repasar la historia de su país y aprender de ella, y terminar con el dolor y el sufrimiento que está causando. La convivencia debe regresar a Nicaragua y la convivencia se sustenta en el respeto a la diversidad.

Quienes militamos en la izquierda debemos decir alto y claro que el Gobierno de Ortega no representa los valores de la revolución sandinista ni de la izquierda. Sin libertad no hay políticas de izquierda. Sin libertad solo hay autoritarismo y el autoritarismo no es revolucionario, Señor Ortega.

@CarlotaMerchn

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