Me encuentro en Roma participando en la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición (la primera se celebró en 1992) y pocos sitios se me antojan más propicios para recordar que hoy hace 25 años que se aprobó la Convención de los Derechos del niño y la niña.
A pesar de los importantes avances registrados, el Objetivo de Desarrollo del Milenio de reducir en tres cuartas partes la mortalidad infantil sigue estando rezagado y la nutrición y factores asociados a la misma siguen estando en el origen de buena parte de las 6,3 millones de muertes anuales de niños y niñas menores de 5 años.
Os aseguro que no me he enfrentado a nada que genere la angustia y la rabia que se siente cuando muere ante tus ojos un niño que en cualquier otro sitio seguiría vivo, que se muere por haber nacido en el lugar y familia desafortunados. La vulnerabilidad de nuestros niños y niñas -y digo nuestros porque la obligación de proteger a la infancia es compartida- es la manifestación de cuán vulnerable es una sociedad.
A poco menos de un año de cerrar la agenda del Milenio con discutible balance y en pleno proceso de definición de la nueva agenda de desarollo post2015, no se me ocurre meta más básica para el desarrollo global que la erradicación de la pobreza y la desnutrición infantil. Ambas son claros indicadores del fracaso de una sociedad, son manifestaciones del fracaso de las políticas de empleo, de protección social, de salud, de educación. Un niño, una niña desnutrida es el fracaso de todo y de todos.
Y no me olvido de las niñas que siguen secuestradas en Nigeria ni de las que son explotadas en otras partes del mundo. #BringBackOurGirls
@CarlotaMerchn
Deja un comentario