El agua es un elemento básico para la vida, para su creación y para su desarrollo. Por ello su uso y control ha marcado, y marca, el progreso de la humanidad.
A pesar de los avances registrados, 768 millones de personas no tienen garantizado el acceso al agua potable y cada día 1.400 niños y niñas menores de 5 años mueren por enfermedades diarreicas relacionadas con el agua.
Un simple lavado de manos y beber agua potable marcan la diferencia entre la vida y la muerte.
El agua es un bien imprescindible e insustituible y por eso son muchos quienes anhelan su control. Recordamos la batalla del agua en Cochabamba, las movilizaciones en Argentina o recientemente en Alcázar de San Juan o el Puerto de Santa María. Y no olvidemos las movilizaciones en defensa del Canal de Isabel II en Madrid que consiguieron mantener el servicio bajo control público.
Movilizaciones en defensa de la gestión pública de un bien público. El agua como bien público, pero cuyo uso y consumo irracional por parte de algunos puede limitar el acceso de otros.
El agua, junto con la energía, es uno de los bienes más preciados y por eso su acceso universal debe ser protegido y garantizado. No es baladí que Naciones Unidas haya elegido el lema “Agua y energía” para celebrar este año el día mundial del agua.
El agua como fuente de energía, el agua como insumo necesario para la producción de diferentes tipos de energía, el agua para producir alimentos, la energía necesaria para el uso apropiado del agua.
El valor del agua, el uso responsable del agua no debe estar a merced de intereses particulares. El acceso al agua es un derecho humano y, como tal, debe ser protegido y garantizado por los Estados, por lo público y para todos.
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