La flamante presidenta del Senado chileno, Isabel Allende, afirma en una entrevista a un medio de comunicación que “la desigualdad dificulta la cohesión y la gobernabilidad en Chile”. Una no puede sino asentir cuando lee esta afirmación en el país de la Unión Europea que más ha retrocedido en igualdad social según el Fondo Monetario Internacional.
Chile ha crecido a una media del 5,5% la última década y no ha sido capaz de reducir la desigualdad. Las previsiones para España son de una tasa de crecimiento del 0,6%.
El reto de los gobiernos no es mejorar las cifras de crecimiento, sino que el crecimiento suponga desarrollo y refuerce el estado de bienestar y no al revés, crecer a costa del estado de bienestar. Y un crecimiento que genera o no reduce la desigualdad no es desarrollo, será crecimiento para unos pocos.
Por eso cuando escucho a dirigentes de ideología progresista y conservadora hablar de equidad, de reducir la desigualdad no puedo sino desconfiar porque simplemente no pueden estar hablando de lo mismo.
La reducción de la desigualdad requiere políticas redistributivas, políticas discrecionales que mejoren las oportunidades de quienes parten de una situación de desventaja en oportunidades y capacidades. El modelo de café para todos no hace sino reforzar las desigualdades.
Por eso recordando a William Beveridge, la cohesión social no es el objetivo sino una condición previa en la creación del Estado. Un verdadero estado de derecho es un estado cohesionado socialmente.
La desigualdad genera desconfianza y desafección hacia las instituciones, hacia los políticos y una sociedad en la que la desconfianza campa a sus anchas difícilmente funcionará, difícilmente progresará como tal.
Una sociedad igualitaria construye ciudadanía, ciudadanos y ciudadanas conscientes de sus derechos y obligaciones.
@CarlotaMerchn
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